En septiembre de 2014 comencé un viaje en bici que me llevó desde la costa de Croacia hasta el sur de la India. En este segundo post continúo el recorrido por la costa Dálmata, uno de los más agradables para recorrer en bicicleta.

Tras pasar un par de días en Split embarcamos en el ferry camino de Hvar con ganas de volver a la bici y explorar la isla. El ferry tarda poco más de una hora, y nos deja en el pequeño puerto de Stari Grad, desde el cual empezamos a pedalear hacia el este por la carretera que atraviesa la isla de punta a punta, casi vacía de tráfico. Avanzamos, sin saberlo, junto a la Llanura de Stari Grad, declarada Patrimonio de la Unesco, y que fue establecida por los antiguos colonos griegos en el siglo IV A.C. Por desgracia no lo sabemos en el momento, así que no nos fijamos demasiado en los campos cultivados que se ven desde la carretera, que han conservado la misma estructura dividida por hileras de piedras desde hace más de dos mil años. El camino es prácticamente llano, así que no tardamos en llegar al pueblecito de Jesla, donde acampamos en un camping a las afueras, en un pinar a la orilla del mar. Empieza a llover mientras estamos montando la tienda, pero por suerte es sólo una tormenta fugaz. Por la noche, los únicos sonidos son el del mar contra las rocas y el del viento entre los pinos. Ideal para una buena noche de descanso…

Al día siguiente empieza lo bueno: a pesar de ser solo un recorrido de 50 kilómetros hasta Sucuraj, el puerto en la punta oriental de Hvar, el camino es todo subidas y bajadas, sin mucha altitud, pero constantes. Por primera vez me enfrento a un día de bici de verdad, y mis piernas aún no están preparadas para tal esfuerzo. A pesar de que el día es gris y nublado, hace calor, y a mediodía me convierto en una masa sudorosa y jadeante. En esos momentos recuerdo preguntarme enfadada quién narices me manda subirme a una bici, en lugar de hacer un viaje normal, como todo el mundo, alquilando un coche, o cogiendo autobuses con aire acondicionado… Pero pronto descubro el secreto de subir una cuesta en bici: ¡la bajada! ¡Qué placer, después de resoplar y maldecir durante media hora cuesta arriba, llegar al punto más alto, detener las piernas, y dejar rodar la bici, cada vez más y más rápido cuesta abajo, con el viento rugiendo en los oídos y enfriando el sudor sobre la piel! Me dan ganas de gritar a lo Tarzán, pero el entusiasmo sólo me dura hasta llegar al pie de la próxima cuesta. Menos mal que no hay casi vehículos en la carretera, y apenas nos cruzamos con nadie en todo el día.

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Sudando la gota gorda

Al contrario que en el lado opuesto de la isla, que es la zona turística y la más visitada, el tiempo parece haberse detenido en esta zona de Hvar: la pequeña carretera atraviesa sinuosa el paisaje verde, aunque seco, y los pocos pueblitos que pasamos parecen desiertos. Cuesta imaginar que esta es una de las islas más turísticas de Croacia, a la que llaman incluso la Ibiza del Adriático. Todo es calma y silencio entre los pinos, y yo voy buscando con la vista y el olfato los matorrales de lavanda, por los que la isla de Hvar es famosa. Pero por desgracia los cultivos de lavanda se concentran en el otro lado de la isla, así que no tuve suerte.  por sus cultivos de lavanda, y las dos o tres tiendas que encontramos a la orilla de la carretera están cerradas a cal y canto. En un momento dado llamamos a una puerta para preguntar por la tienda más cercana abierta. En lugar de respondernos, la familia (una mujer y un hombre jóvenes, y una niña pequeña) nos ofrecen unos paquetes de galletas. Ninguno habla nada de inglés, y mi croata no va más allá de hvala, “gracias”, así que no podemos entablar una conversación. Pero me intriga saber cómo vive esta gente en un lugar que parece tan aislado – no hay nada en 20 kilómetros alrededor – pero que al mismo tiempo es visitado en verano por miles de turistas.

Al atardecer llegamos al puerto de Sucuraj, diminuto y coqueto, y en seguida encontramos un apartamento amplio, con dos habitaciones y terraza a 2 minutos del puertecito, que alquilamos por 20 euros para la noche. Aun recuerdo lo bien que me sentó aquella noche la Karlovacko, después de un día agotador en la bici… Sólo por disfrutar esa cerveza mereció la pena todo el sudor y el cansancio del día…

Por la mañana cogemos un ferry de vuelta a la costa, para emprender el camino desde Drvenik hasta Dubrovnik. Este debe de ser uno de los recorridos más increiblemente bonitos y agradables que se pueden hacer en bicicleta: bordeando el mar turquesa, entre pinos verdes, cruzando pequeños pueblos costeros y bajo un cielo azul de película. El tráfico es a ratos un poco incómodo, pero me voy acostumbrando a mantener la calma cuando me adelantan los camiones y autobuses a apenas medio metro de distancia. KEEP CALM AND CARRY ON CYCLING.

Para llegar a Dubrovnik tenemos que atravesar una estrecha franja de territorio bosnio justo a mitad de camino, así que decidimos parar a hacer noche en la ciudad de Neum, una población sin mucho interés pero que debe ser lugar de veraneo porque está lleno de hoteles y apartahoteles. Por suerte, la cerveza en Bosnia es tan barata como en Croacia, y la pizza casi tan buena, así que en realidad es como si no hubiéramos cruzado ninguna frontera. Uno de los inconvenientes de viajar en bici es que no te puedes permitir dar rodeos para conocer algún sitio interesante fuera de la ruta, ya que implicaría varios días de retraso. Así que, aunque nos habría gustado poder acercarnos a Mostar, y explorar un poco Bosnia-Herzegovina, decidimos seguir por la costa rumbo a Dubrovnik y a Montenegro.

Más cuestas en el camino

Más cuestas en el camino

La Perla del Adriático

El camino sigue plácido al día siguiente, y paramos a darnos un chapuzón en una de las playas pocos kilómetros antes de llegar a Dubrovnik. Una vez más, la entrada en la ciudad es la parte más desagradable del viaje: para llegar al casco antiguo tenemos que atravesar antes las zonas industriales y más desagradables que normalmente apenas percibes a través de la ventanilla de un vehículo. Pero, tras una hora recorriendo la periferia llegamos por fin a las impresionantes murallas de Dubrovnik. Poco puedo añadir ya sobre esta ciudad que no se haya contado ya en cientos de guías y blogs de viajes. Desde luego merece la pena visitar el lugar por su historia, sus fortificaciones y el ambiente nocturno. Durante los tres días que pasamos allí, además, estaban rodando una de las temporadas de Juego de Tronos, y docenas de autobuses llegaban cada día llenos de fans para conocer los lugares en los que se sitúa la serie. Por suerte, no soy seguidora, así que no tuvimos que perder tiempo siguiendo a los actores y los equipos de rodaje, y pudimos disfrutar callejeando entre las murallas.

Bye bye, Dubroknik

Bye bye, Dubroknik

Montenegro, una sorpresa inesperada

Dejamos Dubrovnik rumbo a la frontera de Montenegro. Ahora el viaje se pone interesante, al fin y al cabo Croacia es un lugar muy turístico y visitado, pero pasamos a una zona más desconocida y de la que sabemos poco. La carretera se aleja un poco de la costa al aproximarnos a la frontera hacia media tarde, pero pronto volvemos a bajar a la orilla al llegar al municipio de Herceg Novi, una agradable sorpresa nada más entrar en Montenegro. Esta pequeña ciudad de nombre curioso es un rincón encantador y relajante, con un largo paseo a lo largo de la costa y su diminuto Stari Grad, el casco antiguo que se levanta sobre el mar, con pequeñas plazoletas y callejuelas con cafés y bares, e incluso una Spanjola Fortress, un antiguo fuerte medieval que domina el lugar desde lo alto, al que los españoles consiguieron dar nombre tras reinar el lugar durante sólo dos años (de 1538 a 1539), ¡eso es dejar huella!

Luces de Herceg Novi

Luces de Herceg Novi

Tras Herceg Novi continuamos bajando por la costa, pasamos cerca de Kotor y llegamos a la ciudad de Budva, ciudad costera moderna sin mucho que ver, pero muy visitada por turistas montenegrinos, y conocida por su ambiente nocturno. Seguimos al día siguiente en dirección sur. El paisaje es increíble, pero cada vez más montañoso. De mis anotaciones de ese día: “Noto cómo voy cogiendo fuerzas, mis piernas se vuelven más resistentes, y aguanto mejor las cuestas y las subidas y bajadas constantes.”

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La costa de Montenegro

Nuestra idea es cruzar en barco la frontera con Albania atravesando el lago Shköder, para llegar a la ciudad del mismo nombre. Sin embargo, el plan se tuerce cuando, tras dejar la carretera principal en Petrovac y empezar a subir por las montañas en dirección al lago, llegamos a un túnel que no nos dejan atravesar con las bicicletas. Así que tenemos que cambiar nuestro itinerario: volvemos a bajar a la carretera de la costa, y seguimos bajando en dirección a Bar, esperando encontrar algún lugar para pasar la noche. Tras un par de horas, y cuando el sol empieza a bajar, encontramos unos apartamentos de lujo al borde de la carretera; decidimos probar suerte, y terminamos disfrutando de unas Niksiçko y viendo la puesta del sol sobre el Adriático desde un super ático de 3 habitaciones, con bañera hidromasaje, una terraza inmensa sobre el mar, piscina, y una decoración horterísima… todo por menos de 30 euros. ¿Qué mejor forma de despedirnos de Montenegro?

😉

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