Cada día paso bajo uno de los puentes que sujeta las vías de la autopista que conecta el norte con el sur de la ciudad, la Western Express Highway. En el sucio asfalto bajo ese puente viven varias familias esparcidas en un lateral de la carretera. Tres o cuatro generaciones conviven entre el polvo, la terrible contaminación, la basura, el estruendo del tráfico y las bocinas… Los niños se revuelcan en la suciedad, a apenas un metro de los camiones, autobuses, coches y rickshaws, que pasan ajenos a las vidas que se apagan a su lado. Cada vez que atravieso ese lugar, siempre sentada en la parte trasera de un autorickshaw, miro a esas personas, intento hacerlo disimuladamente, sin resultar grosera. Pero me resulta tan inverosímil cómo se puede vivir en esas condiciones. Completamente cubiertos de mierda, comen, cagan, duermen, se ríen, juegan, se pelean, enferman y mueren en ese mismo rincón de miseria bajo un puente de cemento. Cada vez que les veo me pregunto ¿cómo sobreviven estas criaturas durante los meses de monzón? Esto tiene que estar completamente inundado con las lluvias…

Y, así, millones de personas en esta ciudad malviven en la calle o en infraviviendas, en condiciones de insalubridad y hacinamiento que, hasta hace poco, yo apenas podía imaginar. Al mismo tiempo, en Mumbai viven más multimillonarios que, por ejemplo, en París o San Francisco. Por las calles se ven cientos de Mercedes, Audis y Rolls Royces y otros coches estrambóticos, siempre conducidos por chóferes y ocupados por una sola una persona sentada en el asiento trasero (casi siempre un hombre de mediana edad hablando por el móvil).

Vivir en una potencia emergente te enfrenta a los conflictos que definen nuestra era: India crece a un ritmo desproporcionado, dejando un reguero de desigualdad extrema por el camino. Viniendo de un lugar como España, donde también hemos visto crecer los niveles de desigualdad en los últimos años, pero que es, al fin y al cabo, un país rico, esta convivencia de extremos me descoloca. La creciente clase media en India se desloma cada día en jornadas extenuantes aspirando a ese sueño que las películas de Bollywood (y las de Hollywood) venden. El país aspira desesperado a pertenecer al idealizado “primer mundo”, y en su demanda de progreso capitalista arrasa con cualquier estorbo, incluidos el respeto al medio ambiente o a los derechos humanos. Es el afán de desarrollo y riqueza a cualquier precio, sin importar que en la carrera una gran parte de la población se quede rezagada.

 

Hace unos días asistí a una conferencia de Thomas Piketty y Michael Sandel, en la que conversaron sobre la idea de Democracia vs. Capitalismo, planteando cómo ambos conceptos pueden resultar casi antagónicos cuando se observa la relación entre progreso y desigualdad. Ese choque es evidente en un lugar como India, donde claramente sólo una pequeña parte de la población se ve beneficiada por el crecimiento económico del país, mientras que una gran mayoría sufre las consecuencias de la creciente desigualdad.

“Las élites”, argumentaba Piketty, “en todo el mundo, y también en India, juegan de manera bastante hipócrita con la idea de meritocracia”, dando a entender que los ricos y poderosos lo son por su propio esfuerzo, y que cualquiera que trabaje y se esfuerce lo suficiente ‘ascenderá’ a su nivel. Con esa premisa, aquí y en todo el mundo, se mantiene a la gente trabajando y esforzándose sin quejarse, con esa esperanza de pertenecer, algún día, a la élite. Pero, sinceramente, hoy en día ¿quién se hace rico trabajando?

Pero creo que la clave es si “ser rico” tiene que ser en si mismo a lo que aspiremos. Sandel explicaba que “la idea fundamental de que son los mercados y la creación de riqueza los que definen y alcanzan todo lo ‘bueno’ en la sociedad nunca ha sido cuestionada”. Es decir, se da por hecho que el crecimiento económico y la creación de riqueza traen consigo automáticamente bienestar y, en definitiva, un mejor nivel de vida. Por tanto se antepone ese objetivo (el crecimiento) a cualquier otro, y en India este hecho es evidente cuando el país crece oficialmente, en los números, pero en la realidad mantiene toda la problemática de una sociedad que no está preparada para ese crecimiento.

El capitalismo vence, por tanto, a la democracia cuando los valores de riqueza y crecimiento se consideran más importantes que los de igualdad y justicia. Sin embargo, en Europa hemos visto de forma cruel los efectos de priorizar el crecimiento por encima de todo lo demás. El deterioro de nuestros derechos (laborales, de acceso a la vivienda, de expresión, y ahora también los de movimiento) ha ido parejo a los intentos desesperados de los gobiernos por volver al crecimiento económico. Pero parece que los países que ahora afrontan esa elección van a cometer el mismo error, en lugar de aprender de él.

Cuando planteamos a algún amigo indio el conflicto que supone para nosotros ver toda la miseria que existe en esta ciudad, conviviendo puerta con puerta con el lujo más obsceno, comentan simplemente que “las cosas son así”. La incomodidad que sentimos al pasar junto a esas familias viviendo entre la mierda bajo el puente de la autovía no parece afectar a la mayoría de los indios. Pero seguramente los hipócritas somos nosotros, al sentir culpa: me gustaría acercarme un día a hablar con esas familias que viven en la carretera, pero no tendría mucho que decirles, la verdad. Lo único que podría decirles es “La razón por la que vosotros siempre viviréis en la miseria es que nosotros nunca estaremos dispuestos a renunciar a nuestra comodidad”. Y, sinceramente, no me veo con fuerzas.

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