Rajasthan, tierra de colores: los ocres y amarillos polvorientos del desierto que se extiende infinito hacia el horizonte. Los rojos, rosas y naranjas brillantes de los ropajes de las mujeres que caminan bordeando la carretera con jarros sostenidos sobre sus cabezas. Los verdes, azules y dorados refinados de las suntuosas decoraciones en los palacios y havelis. El negro profundo y asolado de los ojos que se clavan en el viajero.

Woman Walking

Una mujer camina junto a la carretera de Udaipur

Road to Udaipur_Van

Viaje en familia

Rajasthan es el estado más grande de India, y uno de los más visitados por los turistas extranjeros e indios. Atravesar esta región en el asiento de una clásica Royal Enfield es una experiencia única: emocionante, incómoda, agotadora, y muy estimulante.

Las carreteras en Rajasthan son sorpendentemente buenas: la mayoría están en un estado más que aceptable, bien asfaltadas y sin baches. Pero con independencia de su estado, las carreteras indias tienen su propio carácter; ya sea un pequeño camino comarcal o una autovía de tres carriles, son habitat para todo tipo de vehículos y animales: coches, camiones, furgonetas, bicicletas, motos, tractores, carretas, autobuses, vacas, burros, perros, búfalos, cabras, camellos, cerdos, monos… Cualquiera de estos elementos puede aparecer en cualquier momento, en cualquier lugar de la carretera, avanzando en cualquier dirección. Se conduce por cualquier lado, y se adelanta por donde parezca más arriesgado. Además, a los conductores indios no les gusta la idea de ceñirse a los carriles. Consideran las líneas blancas que dividen la carretera como elementos decorativos, más que regulatorios, y se empeñan en dar bandazos de un lado a otro cada vez que se aburren de ir en línea recta. No les importa lo estrecha que sea la carretera, o que en su camino haya un camión cargado con un gigantesco fardo de heno, que está adelantando a un carro tirado por una vaca escuálida, y que a su vez está siendo adelantado por una motillo destartalada conducida por un chaval de 10 años acompañado por sus tres amigos apretujados detrás. El conductor indio acelera sin titubear, y se lanza a volantazo limpio aporreando la bocina como si no hubiera un mañana. El caos del tráfico indio es ya legendario, pero lo cierto es que, en la práctica, una vez te acostumbras a que no hay reglas (ni frenos), pasas a integrarte en él de forma natural.

Bike and Goats

Un camión, una moto y dos cabras

Road_Camel

El ritmo del desierto es tranquilo como el paso del camello

A pesar del turismo que crece rápidamente, la economía en Rajasthan se sigue basando principalmente en la agricultura y el pastoreo: durante todo el viaje nos vemos rodeados por campos cultivados con cereales y legumbres, y también rebaños de cabras, búfalos y ovejas. La vida rural domina el paisaje, y da la impresión de que el tiempo se ha detenido en la región. Viajar de pasajero en una moto no es como en el coche: no te puedes dormir, así que tienes mucho tiempo para pensar. Mientras contemplo a las mujeres, hombres y niños que se afanan en los cultivos pienso que la vida en el campo es dura de por sí, pero la vida en el campo en India tiene que ser extremadamente difícil. Kilómetros y kilómetros de paisaje seco y duro, sin nada alrededor más que pequeñas aldeas empobrecidas.

Road Family

Vehículo familiar

Road_Two Cows

Las vacas son las dueñas del lugar

La Ruta

La ruta más habitual (y turística) en Rajasthan es la que recorre, con distintas variaciones, las cuatro ciudades principales del estado: Jaipur, la ciudad Rosa; Jaisalmer, la ciudad Dorada; Jodhpur, la ciudad Azul; y Udaipur, la ciudad Blanca. El recorrido está repleto de lugares interesantes para visitar entre medias, con multitud de templos, palacios y fuertes. Además, la ruta supone atravesar el Desierto del Thar, que se extiende en un óvalo hacia el oeste hasta alzanzar Pakistán. La mayoría de los visitantes hacen un recorrido similar en coches alquilados con conductores, lo cual añade comodidad al viaje, pero en mi opinión le quita un poco de ese romanticismo de un auténtico viaje por carretera. Atravesar un desierto en la parte trasera de una moto no parece el plan ideal para unas vacaciones relajantes, sin embargo hay mucho de romántico y excitante en recorrer las carreteras interminables y (casi) desiertas – es difícil encontrar un lugar realmente despoblado en India – de Rajasthan.  Las primeras cuatro horas en la moto se pasan bien, pero a mediodía el calor ardiente y seco del desierto se vuelve casi insoportable; el sol abrasa y el viento caliente no lo alivia. A partir de cierto momento el calor, el polvo, la postura, lo incómodo del asiento, la monotonía del paisaje, el estruendo de la moto… ¡todo se vuelve un coñazo! Me estoy volviendo muy quisquillosa con la edad…

Nuestra ruta comienza en Jaipur, capital de Rajasthan, cuyo trazado fue diseñado siguiendo la figura de un Mandala, en cuyo centro se sitúan los principales lugares turísticos, expandiéndose la ciudad en líneas geométricas a su alrededor.

Merece la pena dedicar un día a visitar el interior de la ciudad amurallada:

Intentar descifrar el funcionamiento de los instrumentos astrológicos de Jantar Mantar, el inmenso Observatorio al aire libre que el construyó un Maharajá apasionado de la astronomía, y que alberga el reloj solar más grande del mundo. Aunque, como yo, no entiendas nada de astronomía ni de constelaciones, merece la pena pasear entre las impresionantes figuras.

También el Hawa Mahal, o Palacio de los Vientos, la imagen en todos los folletos turísticos de la ciudad, que básicamente se ideó para albergar a las mujeres de la corte, que debían permanecer encerradas y aisladas. Desde él podían contemplar la vida de la ciudad a través de las 953 diminutas ventanas que se alzan en forma piramidal, cinco plantas sobre la calle. Aquí las mujeres se dedicaban básicamente a comer, beber, bailar, cantar, jugar a juegos de mesa y celebrar orgías. Yo creo que esa es la razón por la que no existen escaleras en el edificio, y en su lugar se accede a los cinco pisos a través de una rampa, para evitar tropezones cuando las habitantes iban demasiado colocadas… Yo también me drogaría todos los días si tuviera que vivir encerrada toda mi vida en un palacio rosa.

Jaipur_Observatory

Los curiosos instrumentos astrológicos del Observatorio Jantar Mantar, en Jaipur

Nuestro itinerario era apretado, así que sin tiempo para visitar el City Palace en seguida ponemos rumbo a Bikaner, 330 kilómetros al noroeste de Jaipur. Bikaner es una pequeña ciudad en la entrada del Desierto del Thar. Aparte de su pequeña fortaleza, la ciudad es conocida por los turistas gracias al famoso “Templo de las Ratas”, o TemploKarni Mata. Este era el único lugar que nos daba tiempo a visitar a la hora que llegamos, pero gracias a nuestra pésima planificación acabamos yendo al templo que no era, uno con el mismo nombre en el centro de la ciudad, en lugar del famoso situado 30 kilómetros a las afueras. En el que visitamos había únicamente un par de ratas en una gran jaula a la entrada del templo, y no los miles de roedores que habitan el auténtico.

El paisaje desde la moto va cambiando rápidamente según avanzamos hacia el oeste: la tierra se vuelve más arenosa y amarillenta, casi dorada, sustituyendo al marrón parduzco. Por algo nos acercamos a Jaisalmer, la “Ciudad Dorada”. Entrar en ella es como retroceder 200 años en el tiempo. El impresionante fuerte, el único de India que aún alberga habitantes entre sus murallas (2.000 personas viven y trabajan en él, la mayoría en negocios turísticos), se levanta como un trono dorado sobre las estrechas callejuelas de la ciudad. Tuvimos la suerte de poder alojarnos en uno de los magníficos havelis en lo alto del fuerte, justo en la esquina de la muralla, con unas vistas impresionantes. Los havelis son antiguas casas palaciegas o mansiones situadas en el centro de las ciudades, que suelen estar decoradas con exquisitos grabados y balcones ornamentales, y con un patio interior alrededor del cual se organizaba la vida familiar. Muchos se pueden visitar hoy en día, y algunos se han transformado en hoteles. Poco después nos enteramos de que los alojamientos para turistas están causando daños irreparables en la estructura del fuerte, ya que el deficiente sistema de alcantarillado hace que todo el agua se filtre a la tierra y dañe los cimientos de los edificio, así que probablemente en pocos años no se permitirá a los turistas alojarse en el fuerte.

Para ver bien Jaisalmer hay que pasar al menos dos o tres días, sobre todo si se quiere hacer uno de los safaris en el desierto, muy populares, en los que se visitan las dunas y se acampa en lujosas tiendas con cena bajo las estrellas y espectáculo de música y danza. Nosotros preferimos quedarnos en la ciudad y explorar los templos Jain, los Havelis y las intrincadas calles con sus fachadas decoradas exquisitamente: hasta la casa más humilde tiene ventanas o balcones con grabados increíbles. Por desgracia muchos están en muy mal estado, y la basura y el alcantarillado abierto en las calles hacen que durante el día el paseo por la ciudad esté acompañado de un tufo constante. Pero aún así tiene su encanto. También visitamos el embalse de Gadi Sagar y Bada Bagh, un “jardín” que alberga los chhatris o cenotafios de los Maharajas de Jaisalmer.

Jaisalmer_Two Women

Dos mujeres en el fuerte de Jaisalmer

Jaisalmer_Jain Temple 6

Interior de uno de los templos Jain, en el fuerte de Jaisalmer

Tras dos noches en la ciudad dorada tocaba poner rumbo al este, hacia Jodhpur. Después de seis largas horas de viaje por el desierto llegamos a la segunda ciudad más grande de Rajasthan… Poco diré de esta ciudad, ya que pasamos poco tiempo en ella y lamentablemente el centro estaba tan cubierto de basura que no lo disfrutamos demasiado… La “Ciudad Azul” está dominada de nuevo por un enorme fuerte con imponentes muros que se puede visitar durante el día. Ya que Jodhpur no nos impresionó demasiado comenzamos temprano al día siguiente, rumbo a Udaipur para celebrar Holi, el festival hindú de la primavera. La carretera hacia el sur se adentra en tierras más montañosas, y vamos dejando el desierto atrás. El paisaje aún seco se vuelve más verde, y mucho más poblado: atravesamos inmumerables aldeas y pueblecitos miserables, y como siempre en India cada vez que paramos se nos acerca gente a hablar: de dónde somos, cómo nos llamamos, a dónde viajamos… Sólo las mujeres se muestran más reservadas, muchas cubiertas por ghunghats, velos que tapan la cabeza y la cara de las mujeres casadas. Pero las más jóvenes se suelen acercar a charlar y a pedirnos chocolates, pintalabios o dinero.

Road Workers 4

Un grupo de mujeres que trabajan en la carretera de Udaipur

Road to Udaipur_Two Girls

Dos amigas, en una de las aldeas camino de Udaipur

Happy Holi!

Llegamos a Udaipur el día previo a Holi (la noche de luna llena), y el ambiente festivo ya está en la calle. Todo el mundo saluda: “Happy Holi!!”, y las miradas están ya enturbiadas por el alcohol, la marihuana y el opio que se consumen durante el festival. Para muchos, sobre todo para los jóvenes, Holi es la única fecha del año en la que todo vale. Por la noche, las celebraciones recuerdan a las Fallas valencianas: enormes hogueras se levantan en las estrechas plazas llenas a reventar de gente, y las llamas se acercan peligrosamente a los revoltijos de cables que cuelgan a pocos metros del suelo. Por las callejuelas se queman también pequeñas hogueras para purificar los demonios y los malos espíritus. Petardos y cohetes estallan en todas direcciones, y la multitud se apretuja bailando y botando al ritmo de la música. Pronto experimento los manoseos y rozamientos de cebolleta de los que me han advertido: los chavales jóvenes aprovechan las aglomeraciones para estrujarse con las mujeres occidentales en la impunidad de la masa. En un momento de tensión en el que la multitud nos empuja con fuerza hacia un extremo de la plaza, noto de repente unas manos sobándome por todo el cuerpo. Chillo, lanzo codazos y patadas hacia atrás y me libero por fin. Al mirar atrás, veo al sujeto en cuestión: un chaval de unos 18 años que apenas me llega a la barbilla, con gafas de culo de vaso y una expresión de dolor en la cara. Su pierna se ha quedado atrapada en una de las vallas metálicas. “¡Ahí tienes tu Karma, capullo!” pienso, mientras me alejo como puedo entre el gentío. Por suerte, no hubo más incidentes, pero lo cierto es que ya me puso de mal humor para el resto de la noche.

Al día siguiente sí se celebra Holi, el festival de colores, que todos hemos visto en películas y videoclips, en el que todo el mundo sale a la calle armado con polvos de colores que se untan unos a otros en el rostro y en la ropa. Ese día por unas horas desaparecen las diferencias y todos son iguales: cubiertos de pintura los rostros no se distinguen, las castas o religiones no importan, y el único objetivo es disfrutar de la fiesta.

Road to Udaipur_Old Man on Bike

Holi en bicicleta

Posiblemente esta no es la mejor época para conocer Udaipur y sus rincones, pero lo que pudimos ver nos gustó mucho: Udaipur es una ciudad bonita, tranquila y agradable de visitar. El Lago Pichola marca el centro de la antigua ciudad, y en su orilla se levantan los muros del enorme complejo del City Palace.

Tras un día resacoso y de descanso, volvemos a la carretera para dirigirnos al norte, cerrando el círculo de vuelta a Jaipur. Antes hacemos una última parada en Pushkar, una de las ciudades más antiguas y sagradas de la India, y un lugar de peregrinaje para los hindús, que se bañan en las aguas sagradas de su lago. Hay diferentes leyendas asociadas a su fundación, y todas se relacionan con el dios creador Brahma; uno de los pocos templos dedicados a esta figura divina se encuentra en esta pequeña población. En los últimos años Pushkar se ha convertido también en lugar de peregrinaje para los turistas occidentales más hippies, y las calles están repletas de puestos y tiendas de ropa, abalorios y decoraciones étnicas. Lo cierto es que, si no eres hindú o mochilero empedernido, no hay mucho atractivo en esta pequeña ciudad.

Pushkar Lake

El lago sagrado de Pushkar

Pushkar Woman

Una mujer camina a la orilla del Lago Pushkar, sagrado para los hindúes

El último día de viaje para volver a Jaipur es corto, apenas 3 horas de recorrido por una autovía de varios carriles y tráfico intenso. Adiós a la aventura, vuelta a la realidad de la India moderna. Atrás quedan 10 días de carreteras eternas, sol achicharrante, atardeceres desde azoteas, fuertes, palacios, polvos de colores y más de 1600 kilómetros sobre dos ruedas.

¡Hasta la próxima!

Kev&Laura_Road

 

Puedes ver más fotos del viaje en la galería.