Mis primeras pedaladas me llevan desde el aeropuerto de Zadar, en Croacia, al pequeño pueblecito de Bibinje, en las afueras de la ciudad. Es un trayecto de apenas 10 kilómetros, pero para mi supone el comienzo de una aventura que no sé cuánto durará, ni a dónde me llevará, pero que estoy deseando emprender.

La torre blanca de una pequeña iglesia en lo alto de una colina marca el camino hacia la costa, y se convierte en un punto de referencia durante los tres días que pasaremos en Bibinje. Hace calor, un calor seco y áspero, nada que ver con la humedad que me esperaba en esta zona de la costa del Adriático.

Bibinje son apenas cuatro calles y una vía de tren, colocadas alrededor de una pequeña bahía, unos pocos kilómetros al norte de la ciudad de Zadar. A lo lejos, en el mar azul turquesa se divisan un grupo de islas que conforman el parque natural de Kornati. El lugar respira tranquilidad, y no se me ocurre un mejor lugar para empezar mi viaje. Kevin y yo disfrutamos de 3 días de reencuentro y descanso, como si fueran unas vacaciones de verano. Incluso cogemos un ferri turístico, en teoría para recorrer las islas del Parque Nacional, pero la excursión resulta ser un chasco: 5 horas a bordo del barco, contemplando los acantilados, con música croata de los ochenta tronando desde los altavoces, y con apenas una hora para dar un paseo y bañarnos en el “Lago de Sal”, en una de las islas.

Croatia Islands

Una de las islitas frente a Zadar

Zadar es una pequeña y tranquila ciudad en el norte de la costa de Dalmacia, mucho menos turística que las más conocidas Split o Dubrovnik, pero con mucho interés histórico, principalmente en su casco antiguo, que se adentra en el Adriático como una pequeña península separada de la ciudad moderna. Desde las ruinas del Foro Romano, pasando por las iglesias y monumentos medievales, hasta llegar al Órgano del Mar, una explanada en la que docenas de turistas pasean al sol mientras escuchan la melodía que las olas producen en los tubos y cavidades escondidas bajo los escalones que se adentran en el agua.

Las afueras de Zadar ofrecen un retrato de la parte más reciente y cruenta de la historia de Croacia, y a lo largo de la carretera se observan ruinas de casas y edificios bombardeados al comienzo de la Guerra de Independencia croata, en 1991.

Un cadáver en la carretera

Fue en una de estas carreteras que salen de la ciudad, la que bordea la costa hacia el sur, donde el segundo día vivimos un episodio macabro, cuando volviendo después de pasar el día en Zadar distinguimos una figura tirada a pocos metros de la calzada, en un camino de tierra rodeado de arbustos. Paramos las bicis y nos acercamos despacio; es un hombre y está desplomado boca abajo, medio arrodillado, como si se hubiera tropezado y caído de cara contra el suelo polvoriento. Nos damos cuenta al instante de que está muerto. El corazón se me acelera y la boca se me seca: ¿qué hace este hombre muerto en medio de la carretera? ¿por qué nadie lo ha visto? Y si lo han visto, ¿por qué nadie ha hecho nada?

Era evidente que llevaba varias horas muerto, rígido, tirado en una postura grotesca con la cara aplastada contra la tierra. Cuando por fin reaccionamos y nos disponemos a llamar a la policía, vemos a lo lejos a dos mujeres que se acercan paseando por el borde de la carretera en dirección a nosotros. Las llamamos a gritos y, a través de señas, les explicamos lo ocurrido. No parecen muy impresionadas por el hecho de encontrar un cadáver a plena luz del día, y se hacen cargo de la situación de inmediato. Después de dudar unos momentos, decidimos abandonar la escena cobardemente, ya que poco más podemos hacer por el pobre hombre, y no tenemos muchas ganas de esperar a que llegue la policía y tener que dar explicaciones.

¡Cuánto he pensado en ese hombre desde entonces! ¿Qué le ocurriría, cómo murió, cuánto tiempo llevaba allí tirado junto a la carretera hasta que le encontramos…? Habría sido fácil tomarse el episodio como un mal augurio de cara al viaje… Por suerte no soy supersticiosa.

Por fin en la bici

Por fin, después de 3 días nos ponemos en marcha, con la imagen del hombre aún incrustada en el cerebro. Somos tres ciclistas en esta primera etapa del viaje, Kevin, su amigo Tom y yo. Mi primer día en la bici no puede ser mejor: la carretera de Zadar a Sibenik es casi completamente llana, con poco tráfico, y avanza por un paisaje salpicado de pinos y pequeñas calas, bordeando el mar azul. Me cuesta un poco al principio acostumbrarme al tráfico, cada vez que oigo un coche acercarse me pongo nerviosa, y me resulta difícil mantener el equilibrio con todo el peso del equipaje, pero con el paso de las horas me voy habituando. Paramos a comer en un merendero a la orilla del mar, y continuamos por la misma carretera hasta alcanzar Sibenik, tras recorrer casi 80 kilómetros. Está atardeciendo cuando llegamos al camping en las afueras de la ciudad, y tenemos el tiempo justo para montar las tiendas, ducharnos y salir a cenar unas pizzas y unas Karlovacko bien merecidas. Soy una fan declarada de Mahou, la mejor cerveza del mundo, pero tengo que reconocer que durante unas semanas Karlovacko ocupó un puesto especial en mi corazón: nunca he disfrutado tanto de una birra como esas noches, después de un largo día en la bici, al sentir que me había ganado con mi sudor cada trago de esa cerveza.

Primer Día en Bici

Primera puesta de sol on the road

Al día siguiente me despierto sin agujetas ni cansancio, y la moral se me dispara. La carretera hacia Split continúa bordeando el mar, y aunque hay un poco más de pendiente, el paisaje es muy agradable, el sol brilla y el tráfico es aún tranquilo, así que el día pasa volando. Al llegar a Split el tráfico se intensifica, y me enfrento a mi primera gran subida para llegar al centro de la ciudad. Cuando por fin alcanzamos la parte más alta, con el cansancio acumulado del día y la tensión de esquivar coches y autobuses, me acabo empotrando contra un contenedor de basura, sin daños mayores por suerte.

De repente se nos acerca un hombre en una motillo destartalada y nos pregunta si necesitamos alojamiento. Nos ofrece dos habitaciones justo al lado del casco antiguo de la ciudad por 300 KN, apenas 40 euros por dos noches. Otra de las ventajas de viajar en bici, el alojamiento prácticamente se te aparece en medio del camino. Merece la pena pasar un par de días en Split para explorar su centro histórico, pasear por el puerto y disfrutar el ambiente nocturno. Es una ciudad bastante turística, pero que conserva cierta tranquilidad y calma, y puedes pasar en pocos minutos de las abarrotadas calles que se levantan entre los restos del antiguo Palacio de Diocleciano, a perderte en alguna de las desiertas callejuelas enlosadas que lo rodean. El suelo reluce en cada rincón del casco antiguo, y hay tiendas, bares y restaurantes por todas partes.

Split

Las ruinas del Palacio de Diocleciano en Split

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Kevin admirando la Torre de San Duje, en Split

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Split y su puerto, un paseo relajante

Split es además el lugar ideal para explorar las islas, decenas de ferris salen cada día hacia los distintos puertos y nosotros decidimos seguir nuestro viaje cruzando de punta a punta la isla de Hvar, para seguir después hasta la majestuosa ciudad de Dubrovnik.

El cocoloco nos acompañó durante las 5 horas de ferri por las islas de Kornati… Aún lo recuerdo con horror.